La obra de Yosman parte de una pregunta que no se enuncia pero se siente: ¿qué es real y qué es la sombra de lo real?
Desde sus primeras instalaciones hasta sus series más recientes, su práctica opera como un sistema de fragmentos que solo adquieren forma definitiva en la ilusión —igual que la caverna de Platón, donde la verdad se percibe como una proyección. Esa lógica atraviesa todo su trabajo: desde archivos desclasificados de la CIA que emergen como paisajes ambiguos habitados por el espectro nuclear, hasta drones de cerámica que se presentan como simples objetos hogareños.
Yosman no representa el mundo: interviene los mecanismos invisibles que lo construyen. Su materia de trabajo es la cotidianidad —no como realidad objetiva sino como recurso maleable, posible de fracturar y reconfigurar. Lo bello y lo siniestro no son polos opuestos en su obra; son el mismo gesto visto desde ángulos distintos.